La profesora Elena Vargas tenía cuarenta y un años, el cuerpo todavía firme y esa forma de vestir que hacía que los alumnos de los últimos cursos se removieran en sus asientos: faldas justo por encima de la rodilla, blusas que se tensaban un poco al inclinarse y tacones que sonaban en el pasillo como una promesa.
Marcos tenía veintitrés. Estaba en el último año del máster y llevaba semanas pidiendo tutorías privadas. Al principio era por el trabajo final. Después ya no hacía falta pretenderlo.
Esa tarde la puerta del despacho se cerró con llave. Elena se quitó las gafas, se apoyó en el borde del escritorio y lo miró de arriba abajo.
—Cierra la persiana —ordenó.
Marcos lo hizo. Cuando se giró, ella ya se había desabrochado los tres primeros botones de la blusa. No llevaba sujetador. Los pechos pesados, los pezones oscuros ya duros.
—Ven aquí.
Él se acercó. Elena le agarró la correa del pantalón, lo acercó más y le abrió la bragueta con una mano experta. Sacó su polla ya semidura y la acarició despacio, mirándolo a los ojos.
—Tan duro solo de mirarme… Qué bien educado estás.
Se arrodilló sobre la alfombra del despacho, le bajó el pantalón y los bóxers hasta los muslos y se lo metió en la boca de un solo movimiento. Chupó profundo, dejando que la saliva le corriera por la barbilla mientras lo miraba desde abajo. Marcos le agarró el pelo y empujó. Ella no se resistió: abrió más la garganta y se dejó follar la boca hasta que él estuvo completamente duro y brillante.
Después se levantó, se subió la falda hasta la cintura y se apoyó de espaldas sobre el escritorio, abriendo las piernas. No llevaba bragas. El coño estaba afeitado, hinchado y ya brillante de humedad.
—Métela. Ahora.
Marcos la penetró de un golpe. El calor la envolvió de inmediato. Elena soltó un gemido bajo y le clavó las uñas en los glúteos.
—Más fuerte. Quiero sentirte mañana cuando dé clase.
Él empezó a embestirla con fuerza, el escritorio crujiendo bajo ellos. Cada embestida hacía que los pechos de Elena rebotaran. Marcos se inclinó y se los metió en la boca uno tras otro, chupando y mordiendo los pezones mientras la follaba sin piedad. Ella gemía más alto, sin cuidarse.
—Así… fóllame el coño… más profundo…
La volteó. La puso de pechos sobre el escritorio, le abrió las nalgas y le entró otra vez desde atrás. Con una mano le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás. Con la otra le dio una palmada seca en el culo. Elena gritó de placer.
—Otra —pidió.
Él le dio tres más, cada vez más fuerte, mientras la penetraba hasta el fondo. El sonido de la piel contra la piel llenaba el despacho. Elena se corrió primero, apretándolo con fuerza, temblando y mojando el escritorio. Marcos no paró. La siguió follando hasta que se corrió dentro de ella con un gruñido, empujando hasta el último segundo.
Se quedaron así un momento, jadeando. Después Elena se enderezó despacio, se bajó la falda y se abrochó la blusa como si nada hubiera pasado. El semen le corría por el interior del muslo.
—La próxima tutoría es el jueves a las siete —dijo con voz calmada, recogiendo unos papeles—. Ven preparado. Quiero que me la metas por el culo también.
Marcos se subió el pantalón con las manos todavía temblando.
—Sí, profesora.
Ella sonrió de lado, se pasó un dedo entre las piernas, se lo chupó y le abrió la puerta.
—Y no llegues tarde.
Marcos salió del despacho con el sabor de ella todavía en la boca y la certeza de que las “tutorías” apenas acababan de empezar.