Cada año, la familia alquilaba la misma casa de campo para el puente de agosto. Este año solo iban a ir cuatro: los padres de Lucía y los de Mateo. Pero a última hora los padres de él cancelaron por trabajo. Se quedaron solos.
Lucía tenía veinticuatro. Mateo, veintiséis. Eran primos hermanos. Se habían visto toda la vida en Navidades y cumpleaños, siempre con esa distancia educada que se supone debe existir entre familia. Pero los dos sabían que, desde hacía un par de años, las miradas duraban un segundo de más.
La primera noche cenaron en la terraza. Había una botella de vino sobre la mesa y el campo estaba en silencio. Lucía llevaba un vestido corto de verano, sin sujetador. Cada vez que se inclinaba, Mateo veía el contorno de sus pechos. Ella lo notaba. Y no hacía nada por ocultarlo.
—¿Te acuerdas cuando éramos pequeños y nos escondíamos en el granero? —preguntó ella, sonriendo de lado.
—Sí. Tú siempre eras la que inventaba los juegos.
—Ahora ya no somos pequeños.
Se miraron un momento demasiado largo. Después Lucía se levantó, recogió las copas y, al pasar junto a él, le rozó deliberadamente el hombro con los pechos. Mateo sintió el calor subirle de golpe.
Más tarde, cuando ya se habían despedido y cada uno se fue a su habitación, Lucía no pudo dormir. A las dos de la madrugada bajó a la cocina descalza, solo con una camiseta larga. La luz de la nevera la iluminó un segundo. Cuando se giró, Mateo estaba en la puerta, en pantalón corto y sin camiseta.
—Tampoco podías dormir —dijo ella.
No era una pregunta.
Se acercó. Él no se movió. Lucía levantó una mano y le tocó el pecho, despacio, siguiendo el relieve de los músculos.
—Si me dices que pare, paro.
Mateo no dijo nada. Solo la miró. Entonces ella se puso de puntillas y lo besó. El beso empezó suave, casi dudoso, pero en cuanto él respondió se volvió urgente. Lucía le mordió el labio y le metió la lengua en la boca con ganas.
Lo empujó contra la encimera. Le bajó el pantalón de un tirón y se arrodilló. Se lo metió en la boca sin rodeos, chupando profundo, mirándolo desde abajo mientras él le agarraba el pelo. Mateo empujó un poco más. Ella abrió la garganta y se dejó usar hasta que él estuvo completamente duro y brillante de saliva.
Después se levantó, se quitó la camiseta de un solo movimiento y se sentó en la encimera, abriendo las piernas. Mateo se colocó entre ellas y la penetró de un golpe. Estaba caliente y empapada. Lucía jadeó contra su cuello y le clavó las uñas en la espalda.
—Más fuerte… fóllame como si no fuéramos primos.
Él la agarró por las caderas y empezó a embestirla con fuerza. El sonido de sus cuerpos chocando llenó la cocina. Lucía gemía sin cuidarse, pidiendo más, pidiendo que no parara. Cuando él estaba a punto de corrérsele dentro, ella lo empujó un poco, se bajó, se arrodilló otra vez y se lo metió en la boca hasta tragárselo todo.
Después se quedaron sentados en el suelo, sudados, sin hablar durante un rato.
Lucía se rió bajito.
—Esto no puede salir de aquí. Nadie puede saberlo.
—Nadie lo sabrá —respondió él.
Durante los dos días que quedaron se follaron en casi todos los rincones de la casa. En el sofá de la sala mientras llovía. En la ducha estrecha, con el agua caliente corriendo. En la cama grande del dormitorio principal, donde ella lo montaba despacio, mirándolo a los ojos, diciéndole cosas sucias al oído. Una tarde lo llevó al granero, el mismo de cuando eran niños, y se dejó follar de pie contra una de las vigas, mordiendo su propio brazo para no gritar demasiado alto.
El último día, mientras Mateo metía la maleta en el coche, Lucía se acercó y le rozó la entrepierna por encima del pantalón.
—La próxima reunión familiar… avísame si vas a ir solo. Quiero tener tiempo de prepararme.
Mateo la besó una última vez, profundo, y se fue sabiendo que aquello no había terminado. Solo acababa de empezar.