Cuando el padre de Adrián murió, la casa grande del barrio residencial quedó en manos de Elena. Ella tenía cuarenta y ocho años, el cuerpo todavía firme, las piernas largas y esa forma de vestir que siempre rozaba el límite de lo aceptable: faldas un poco cortas, blusas que se abrían al inclinarse, tacones incluso dentro de casa.
Adrián tenía veintiséis. Llevaba dos años viviendo solo en otra ciudad, pero volvió por un mes “para ayudar con los papeles”. Desde el primer día notó que Elena lo miraba distinto. Ya no era el niño al que había criado a medias. Era un hombre alto, de hombros anchos, y ella no disimulaba el interés.
La tercera noche, después de cenar, Elena se quedó en el sofá con una copa de vino. Llevaba solo una camisa de seda blanca que le llegaba a mitad del muslo. Cuando se cruzó de piernas, Adrián vio que no llevaba nada debajo.
—¿Vas a seguir fingiendo que no me miras? —preguntó ella, sin levantar la voz.
Él se quedó quieto en la puerta del salón.
—Eres la mujer de mi padre.
—Tu padre ya no está. Y yo no soy tu madre. Nunca lo fui del todo.
Se levantó. La camisa se abrió un poco más. Se acercó hasta quedar a centímetros de él. Adrián podía oler su perfume y el vino en su aliento.
—Si me dices que pare, paro —susurró—. Pero si te quedas callado… voy a tocar lo que llevo deseando desde que volviste.
Adrián no dijo nada. Elena desabrochó el primer botón de su camisa. Después el segundo. Cuando llegó al tercero, él la agarró por la nuca y la besó con violencia. Ella respondió igual de dura, mordiéndole el labio inferior, empujándolo contra la pared.
Lo llevó al dormitorio principal —la cama grande que antes había sido de su padre— y lo empujó sobre el colchón. Se quitó la camisa de un tirón. Sus pechos pesados cayeron libres, los pezones oscuros y duros. Adrián se incorporó y se los metió en la boca uno tras otro mientras ella se frotaba contra su erección todavía vestida.
—Quítate todo —ordenó ella.
Cuando él estuvo desnudo, Elena se arrodilló entre sus piernas y se lo metió en la boca sin preámbulos. Chupó profundo, mirándolo a los ojos, dejando que la saliva le corriera por la barbilla. Adrián le agarró el pelo y empujó un poco más. Ella no se quejó. Al contrario: abrió más la garganta y se dejó usar.
Después se subió encima de él, se orientó y se impaló de un solo movimiento. Estaba empapada. Empezó a montarlo con fuerza, las manos apoyadas en su pecho, los pechos rebotando a cada embestida.
—Así… fóllame como si me odiaras un poco —jadeó.
Adrián la volteó, la puso de rodillas y la penetró desde atrás con embestidas profundas y secas. El sonido de la piel contra la piel llenó la habitación. Elena gritaba sin cuidarse, pidiendo más, pidiendo más duro. Cuando él estaba a punto de corrérsele dentro, ella se separó, se dio la vuelta y se lo volvió a meter en la boca, tragando todo mientras se tocaba a sí misma.
Más tarde, todavía sudados, Elena se recostó sobre su pecho.
—Esto no puede salir de esta casa —dijo en voz baja—. Pero mientras estés aquí… la puerta de mi habitación no se cierra.
Adrián pasó la mano por su espalda desnuda y apretó un poco más fuerte de lo necesario.
—Entonces no pienso irme tan pronto.
Durante las tres semanas siguientes se follaron en casi todas las habitaciones. En la cocina a las siete de la mañana. En el sofá mientras veían una película cualquiera. En la ducha, con el agua caliente corriendo sobre ellos. Elena le enseñó a usar la lengua como ella quería. Él descubrió que le gustaba oírla gemir su nombre cuando la tenía contra la pared, una pierna alzada, follándola sin piedad.
El día que Adrián se fue, Elena lo acompañó hasta la puerta. Llevaba de nuevo una de esas faldas cortas.
—Cuando vuelvas —dijo, rozándole la entrepierna con la mano por encima del pantalón—, avísame con tiempo. Quiero tener la casa lista… y el coño también.
Adrián sonrió, la besó una última vez y se fue sabiendo que volvería. Pronto.