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El Amigo De Mi Ex, Vino a casa

 Habían pasado tres meses desde que Valeria terminó con Pablo. Tres meses de mensajes sin responder, de noches en las que se tocaba pensando en él y se odiaba por hacerlo. Esa tarde estaba en casa en pijama, el pelo recogido de cualquier manera, cuando llamaron al timbre.

Era Diego.

El mejor amigo de Pablo. El que siempre había estado ahí en las fiestas, el de la sonrisa fácil, los brazos tatuados y esa forma de mirarla que Pablo nunca notó… o fingió no notar. Llevaba una camiseta negra ajustada y un pantalón vaquero que marcaba demasiado.

—Pablo me pidió que te trajera unas cajas que dejó aquí —dijo, levantando dos cajas de cartón—. ¿Puedo pasar?

Valeria dudó un segundo. Después se hizo a un lado.

Mientras dejaba las cajas en el salón, ella fue a la cocina a servirle un vaso de agua. Cuando volvió, Diego estaba mirando una foto antigua de ella y Pablo que todavía no había quitado de la estantería.

—Siempre pensé que te merecías algo mejor —dijo sin girarse.

Valeria se quedó quieta.

—¿El qué?

Él se giró. La miró de arriba abajo, despacio, sin disimulo.

—Algo que te follara como se debe. No como él.

El silencio se volvió espeso. Valeria notó cómo se le aceleraba el pulso. Diego dio un paso hacia ella. Después otro. Cuando estuvo lo bastante cerca, le quitó el vaso de la mano y lo dejó sobre la mesa.

—Si me dices que pare, paro ahora mismo.

Ella no dijo nada. Solo lo miró. Entonces Diego la agarró por la nuca y la besó con fuerza, sin pedir más permiso. Valeria respondió igual de dura, metiéndole las manos por debajo de la camiseta, sintiendo los músculos tensos y el calor de su piel.

La empujó contra la pared del pasillo. Le bajó el pantalón del pijama de un tirón y le metió dos dedos de golpe. Estaba empapada. Él se rió bajito contra su boca.

—Mira cómo estás… y hace tres meses que no te toca nadie, ¿verdad?

Valeria jadeó cuando él empezó a mover los dedos más rápido, curvándolos justo en el punto que la hacía temblar. Con la otra mano le levantó la camiseta y se le tiró a un pecho, chupando el pezón con ganas, mordiéndolo lo justo para que doliera rico.

Cuando ella estaba a punto de corrérsele en la mano, Diego se arrodilló, le abrió las piernas y le enterró la lengua en el coño. Lamió profundo, sucio, sin delicadeza, mientras le metía los dedos otra vez. Valeria se agarró a su pelo y se corrió contra su boca, temblando, mojándole la barbilla.

Él se levantó, se bajó el pantalón y la polla le salió gruesa, dura, ya brillante de precum. La levantó en peso, le abrió las piernas alrededor de su cintura y se la metió de un solo embestida. Valeria gritó contra su hombro. Diego empezó a follarla contra la pared con fuerza, cada embestida profunda y seca, las manos apretándole el culo.

—Di que te gusta más que él —ordenó, sin parar.

—Me gusta más… me gusta mucho más…

La llevó hasta el sofá sin sacársela de dentro. La puso de rodillas, le agarró el pelo y se la volvió a meter desde atrás. El sonido de la piel contra la piel llenó el salón. Diego le dio una palmada fuerte en el culo y después otra, mientras la penetraba hasta el fondo.

—Quiero correrme dentro —gruñó.

—Hazlo… lléname…

Se corrió con un gemido bajo, empujando profundo, llenándola. Valeria se corrió otra vez solo de sentirlo latir dentro. Se quedaron así un momento, jadeando, el semen empezando a resbalarle por el muslo.

Diego se retiró despacio, se limpió con la camiseta y se la puso otra vez. Después se inclinó y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Pablo no va a volver. Y yo sí. Cuando quieras que te vuelva a follar así, solo tienes que mandarme un mensaje.

Valeria se quedó tirada en el sofá, el pijama todavía bajado, el coño goteando y la respiración entrecortada. Cuando escuchó la puerta cerrarse, sonrió.

A los veinte minutos le mandó un mensaje:

«Vuelve esta noche. Y esta vez no traigas cajas.»